Ligamento cruzado posterior (LCP)
La lesión del ligamento cruzado posterior, o LCP, es menos frecuente que la lesión del ligamento cruzado anterior, pero puede comprometer de forma importante la estabilidad de la rodilla. Suele producirse tras traumatismos relativamente potentes, aunque en algunos pacientes pasa desapercibida porque la sensación de inestabilidad puede ser menos llamativa que en las lesiones del LCA.
El LCP evita que la tibia se desplace hacia atrás respecto al fémur y contribuye a la estabilidad global de la articulación. Cuando se lesiona, el paciente puede notar dolor, inflamación, dificultad para caminar con normalidad y sensación de inseguridad en determinados gestos, especialmente al bajar escaleras, caminar cuesta abajo, frenar o soportar carga con la rodilla flexionada.
La clave clínica es distinguir una lesión aislada del LCP, que muchas veces puede tratarse de forma conservadora, de una lesión combinada con afectación de otros ligamentos, meniscos, cartílago o esquina posterolateral. Esta diferencia cambia el pronóstico y la indicación terapéutica.
Índice de contenidos
Qué es el ligamento cruzado posterior
El ligamento cruzado posterior es una de las estructuras centrales de la rodilla. Se encuentra dentro de la articulación, en la escotadura intercondílea, y conecta el fémur con la tibia. Junto con el ligamento cruzado anterior, forma el sistema de ligamentos cruzados que controla los desplazamientos anteroposteriores y parte de la estabilidad rotacional de la rodilla.
El LCP es una estructura robusta y resistente. Por eso, para romperlo suele ser necesaria una fuerza importante, como un golpe directo sobre la tibia, una caída con la rodilla flexionada o un traumatismo deportivo de cierta energía.
La lesión puede ser parcial, completa o formar parte de una lesión multiligamentosa. Esta última situación es especialmente importante porque puede asociarse a inestabilidad compleja, lesión vascular o nerviosa en traumatismos de alta energía y necesidad de tratamiento quirúrgico específico.
Función del LCP en la rodilla
La función principal del LCP es limitar el desplazamiento posterior de la tibia respecto al fémur. También participa en el control de la rotación y en la estabilidad de la rodilla durante la carga.
Su importancia se nota especialmente en actividades en las que la rodilla trabaja flexionada y sometida a carga, como bajar escaleras, caminar cuesta abajo, ponerse en cuclillas, frenar o realizar gestos deportivos con cambios de dirección.
Cuando el LCP no funciona correctamente, la tibia puede tender a colocarse más atrás de lo normal. Esto modifica la biomecánica tibiofemoral y puede aumentar la carga en determinados compartimentos, especialmente si existe una lesión asociada de la esquina posterolateral o de otros ligamentos.
En lesiones crónicas o mal compensadas, esta alteración mecánica puede contribuir a dolor anterior de rodilla, dolor medial, sobrecarga femoropatelar o cambios degenerativos progresivos.
Cómo se lesiona el LCP
El mecanismo clásico de lesión del LCP es el llamado golpe de salpicadero o dashboard injury, en el que la parte anterior de la tibia recibe un impacto con la rodilla flexionada, por ejemplo en un accidente de tráfico.
También puede lesionarse tras una caída directa sobre la rodilla doblada, durante un traumatismo deportivo de contacto, por hiperflexión forzada, por hiperextensión o en el contexto de una luxación de rodilla.
- Golpe directo sobre la tibia con la rodilla flexionada.
- Caída sobre la rodilla doblada.
- Hiperflexión forzada de la rodilla.
- Hiperextensión traumática.
- Traumatismos deportivos de contacto.
- Accidentes de tráfico o traumatismos de alta energía.
- Lesiones combinadas con otros ligamentos.
En comparación con el LCA, la lesión del LCP se asocia con mayor frecuencia a traumatismos de más energía y a lesiones combinadas. Por eso conviene explorar siempre los ligamentos colaterales, la esquina posterolateral, los meniscos, el cartílago y el estado neurovascular de la extremidad cuando el mecanismo ha sido importante.
Tipos y grados de lesión del LCP
Las lesiones del LCP pueden clasificarse según el grado de desplazamiento posterior de la tibia, la integridad parcial o completa del ligamento y la presencia o no de lesiones asociadas.
Lesión parcial
En una lesión parcial, parte de las fibras del LCP permanecen íntegras. Puede existir dolor, derrame y cierta laxitud, pero la rodilla conserva parte de su estabilidad. Muchas lesiones parciales aisladas evolucionan bien con tratamiento conservador y rehabilitación adecuada.
Lesión completa aislada
En una lesión completa aislada, el LCP pierde su continuidad funcional, pero no existen lesiones importantes de otros ligamentos. En estos casos puede haber desplazamiento posterior de la tibia, aunque algunos pacientes compensan razonablemente bien con un programa de rehabilitación centrado en cuádriceps y control neuromuscular.
Lesión combinada
La lesión combinada del LCP implica afectación de otras estructuras, como ligamentos colaterales, esquina posterolateral, esquina posteromedial, meniscos, cartílago o cápsula. Estas lesiones son más complejas y tienen mayor probabilidad de requerir cirugía.
| Tipo de lesión | Características | Orientación terapéutica habitual |
|---|---|---|
| Parcial aislada | Dolor, derrame variable y laxitud leve o moderada. | Tratamiento conservador y rehabilitación dirigida en la mayoría de casos. |
| Completa aislada | Mayor desplazamiento posterior de la tibia, pero sin lesión ligamentaria asociada importante. | Puede tratarse de forma conservadora si la rodilla es funcionalmente estable. |
| Combinada | Afectación de otros ligamentos, meniscos, cartílago o esquina posterolateral. | Requiere valoración específica; la cirugía es más frecuente. |
| Avulsión ósea | El ligamento arranca un fragmento óseo, normalmente en su inserción tibial. | Puede requerir fijación quirúrgica si está desplazada. |
Síntomas de la lesión del LCP
Los síntomas pueden ser variables. Algunas lesiones aisladas del LCP se toleran mejor que las del LCA y, por eso, el diagnóstico puede retrasarse. Aun así, tras el traumatismo suelen aparecer dolor, inflamación, rigidez y dificultad funcional.
- Dolor tras el mecanismo de lesión.
- Inflamación o derrame de la rodilla.
- Rigidez o pérdida de movilidad.
- Dificultad para caminar con normalidad.
- Sensación de inseguridad o falta de confianza en la rodilla.
- Dolor al bajar escaleras o caminar cuesta abajo.
- Dolor anterior, posterior o profundo de rodilla, según el caso.
- Sensación de fallo en actividades de carga o frenada.
Algunos pacientes no describen una inestabilidad clara, sino más bien debilidad, dificultad para confiar en la rodilla o dolor persistente al retomar actividades. Esta presentación menos llamativa explica que algunas lesiones del LCP se diagnostiquen de forma tardía.
Si existe dolor intenso, gran derrame, imposibilidad para apoyar, deformidad, alteración de pulsos o síntomas neurológicos, debe descartarse una lesión más grave o una lesión multiligamentosa.
Diagnóstico
El diagnóstico parte de la historia clínica, el mecanismo de lesión y la exploración física. La sospecha aumenta cuando ha existido un golpe anterior sobre la tibia con la rodilla flexionada, una caída sobre la rodilla doblada o un traumatismo de alta energía.
Exploración física
En la exploración se valora el derrame, la movilidad, el dolor, la marcha, la estabilidad anteroposterior y la presencia de lesiones asociadas. En lesiones agudas, el dolor y la inflamación pueden dificultar la exploración completa, por lo que a veces hay que repetirla cuando la rodilla esté menos dolorosa.
- Cajón posterior: prueba principal para valorar el desplazamiento posterior de la tibia.
- Signo de la tibia posterior o sag sign: observa la caída posterior de la tibia con la rodilla flexionada.
- Prueba activa del cuádriceps: puede mostrar reducción de la subluxación posterior al contraer el cuádriceps.
- Dial test: ayuda a valorar lesión asociada de la esquina posterolateral.
- Estrés en varo y valgo: explora ligamentos colaterales.
- Exploración meniscal: busca dolor en interlínea, bloqueo o síntomas mecánicos.
- Valoración neurovascular: especialmente importante en traumatismos de alta energía o lesiones multiligamentosas.
Radiografía
La radiografía es útil para descartar fracturas, avulsiones óseas, alteraciones de alineación y signos indirectos de lesión asociada. En algunos casos se solicitan radiografías con estrés para cuantificar la traslación posterior de la tibia.
Resonancia magnética
La resonancia magnética es la prueba más útil para confirmar la lesión del LCP y valorar meniscos, cartílago, hueso subcondral, ligamentos colaterales, esquina posterolateral y otras estructuras estabilizadoras.
Es especialmente importante cuando se sospecha que la lesión no es aislada o cuando el paciente presenta inestabilidad, derrame importante, dolor persistente o signos de lesión intraarticular asociada.
Exploración de lesiones combinadas
Una lesión del LCP no debe valorarse de forma aislada si el mecanismo ha sido importante. La afectación de la esquina posterolateral o de otros ligamentos puede pasar desapercibida y condicionar malos resultados si no se reconoce.
Lesiones asociadas
La lesión del LCP aparece con frecuencia junto a otras lesiones ligamentarias o intraarticulares. Esta diferencia es fundamental porque una lesión combinada cambia el pronóstico, aumenta la inestabilidad y puede modificar la indicación terapéutica.
- Lesiones meniscales.
- Lesiones condrales.
- Lesión del ligamento colateral medial.
- Lesión del ligamento colateral lateral.
- Lesión de la esquina posterolateral.
- Lesión de la esquina posteromedial.
- Lesiones multiligamentosas de rodilla.
- Avulsiones óseas o fracturas asociadas.
- Luxación de rodilla en traumatismos de alta energía.
La esquina posterolateral merece una atención especial. Si está lesionada y no se trata correctamente, puede persistir la inestabilidad posterior y rotacional, y puede fracasar una reconstrucción aislada del LCP.
Tratamiento conservador
El tratamiento depende del grado de lesión, de si se trata de una lesión aislada o combinada, del nivel funcional del paciente y de la existencia de inestabilidad. En muchas lesiones aisladas del LCP, especialmente parciales o con estabilidad funcional aceptable, el tratamiento inicial suele ser conservador.
Tratamiento inicial
- Reposo relativo y protección de la rodilla.
- Aplicación de frío en fases dolorosas.
- Compresión y elevación si existe inflamación.
- Ayudas para la marcha si hay dolor o cojera.
- Control del dolor y del derrame.
- Valoración de ortesis específica si existe traslación posterior significativa.
Principios del tratamiento conservador
La fisioterapia tiene un papel central. El objetivo es recuperar movilidad, mejorar el control muscular y reforzar especialmente el cuádriceps, evitando en fases iniciales ejercicios que aumenten la traslación posterior de la tibia.
El trabajo de isquiotibiales debe introducirse con prudencia en fases tempranas, porque su contracción puede favorecer el desplazamiento posterior de la tibia. La progresión debe adaptarse al grado de lesión, al dolor, al derrame y a la estabilidad funcional.
Objetivos del tratamiento conservador
- Disminuir dolor e inflamación.
- Evitar la posición de caída posterior de la tibia.
- Recuperar extensión y flexión progresivamente.
- Fortalecer el cuádriceps.
- Mejorar control neuromuscular y propiocepción.
- Restaurar una marcha normal.
- Reintroducir progresivamente actividades funcionales y deportivas.
En lesiones aisladas y estables, este enfoque puede dar buenos resultados funcionales, especialmente si el paciente realiza una rehabilitación estructurada y evita volver demasiado pronto a actividades de riesgo.
Cuándo puede ser necesaria la cirugía
La cirugía se valora sobre todo en lesiones de mayor grado, inestabilidad funcional significativa, avulsiones óseas desplazadas o lesiones combinadas. En estos casos puede plantearse la reconstrucción del LCP, la fijación de una avulsión o el tratamiento simultáneo de varias estructuras.
- Inestabilidad posterior persistente.
- Lesión completa con mala tolerancia funcional.
- Lesiones combinadas con otros ligamentos.
- Lesión de la esquina posterolateral o posteromedial.
- Avulsión ósea desplazada.
- Alta demanda deportiva o laboral con síntomas persistentes.
- Fracaso del tratamiento conservador bien realizado.
- Lesión multiligamentosa o luxación de rodilla.
La decisión debe individualizarse. No se opera una resonancia, sino una rodilla con una lesión concreta, un grado de inestabilidad, unos síntomas y unas demandas funcionales determinadas.
Reconstrucción del LCP
La reconstrucción del LCP busca restaurar la estabilidad posterior de la tibia. Puede realizarse con distintos tipos de injerto y técnicas quirúrgicas. En lesiones combinadas, es fundamental tratar también las estructuras asociadas que contribuyen a la estabilidad posterior, lateral o rotacional.
En avulsiones óseas desplazadas, especialmente en la inserción tibial, puede plantearse la fijación del fragmento óseo en lugar de una reconstrucción ligamentaria clásica.
Rehabilitación
La rehabilitación es fundamental tanto si se elige tratamiento conservador como si se realiza cirugía. Sus objetivos son reducir la inflamación, recuperar movilidad, restaurar fuerza, mejorar el control neuromuscular y permitir un retorno funcional progresivo.
Fase inicial
- Control del derrame y del dolor.
- Protección de la rodilla frente a la traslación posterior de la tibia.
- Recuperación progresiva del rango de movimiento.
- Activación del cuádriceps.
- Marcha protegida si existe dolor o inestabilidad.
- Evitar cargas o ejercicios que aumenten la tensión posterior en fases tempranas.
Fase de fortalecimiento
- Fortalecimiento progresivo del cuádriceps.
- Trabajo de glúteos, cadera y control de la cadena cinética.
- Propiocepción y equilibrio.
- Progresión de ejercicios en cadena cerrada según tolerancia.
- Introducción prudente y progresiva del trabajo de isquiotibiales.
Fase funcional y deportiva
- Readaptación progresiva a la marcha rápida, escaleras y pendientes.
- Trabajo de frenada, cambio de dirección y control dinámico.
- Progresión hacia carrera si no hay dolor, derrame ni inestabilidad.
- Pruebas funcionales antes del retorno deportivo.
- Adaptación al deporte o actividad laboral concreta.
La vuelta al deporte debe basarse en criterios funcionales, no solo en el paso del tiempo. Deben valorarse fuerza, control, estabilidad, ausencia de derrame, confianza y tolerancia a cargas progresivas.
Para ampliar esta parte, puede consultarse la página de rehabilitación de rodilla.
Pronóstico
El pronóstico depende de si la lesión es aislada o combinada, del grado de traslación posterior, de la estabilidad funcional, de la calidad de la rehabilitación y de las demandas del paciente.
Las lesiones aisladas del LCP pueden evolucionar razonablemente bien con tratamiento conservador, especialmente si la rodilla es estable en la vida diaria y el paciente recupera fuerza y control muscular. Sin embargo, una laxitud posterior importante o una inestabilidad persistente pueden producir dolor, inseguridad y sobrecarga articular.
Las lesiones combinadas tienen un pronóstico más complejo. Si no se reconocen y tratan adecuadamente, pueden dejar inestabilidad residual y favorecer lesiones meniscales, condrales o cambios degenerativos con el paso del tiempo.
Un tratamiento bien planteado y una rehabilitación correcta son claves para recuperar función y disminuir el riesgo de sobrecarga secundaria o degeneración articular.
Conclusión
La lesión del ligamento cruzado posterior es menos frecuente que la del LCA, pero puede ser clínicamente importante. Su presentación puede ser más discreta, por lo que es fundamental sospecharla ante mecanismos típicos como golpe anterior sobre la tibia, caída sobre la rodilla flexionada o traumatismos de alta energía.
El diagnóstico requiere una buena exploración física y resonancia magnética cuando se sospecha lesión estructural. Además, siempre debe descartarse afectación de la esquina posterolateral, ligamentos colaterales, meniscos y cartílago.
Muchas lesiones aisladas pueden tratarse de forma conservadora con protección inicial y rehabilitación centrada en el cuádriceps. La cirugía se reserva para lesiones combinadas, avulsiones desplazadas, inestabilidad persistente o pacientes con alta demanda funcional y mala evolución.
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